miércoles, 7 de junio de 2017

Quince centellas


• • • • • En la herida está el poema.

• • • • • Siento una cosa, pienso otra, digo otra y hago otra distinta. Y cuando trato de unir estas cuatro fases mías, salta mi diferencial eléctrico.

• • • • • Para ser libre hay que saltar muchas vallas y la de la familia es la valla más alta.

• • • • • Le cuesta entender las ventajas del aire al jilguero que nació dentro de la jaula.

• • • • • El racismo se cocina a miedo lento.

• • • • • De amores bárbaros no esperes rupturas civilizadas.

• • • • • La valía de una persona se mide por el número de veces que se ha atrevido a oponerse a todas las demás.

• • • • • Lo único que me molesta del viento es que agite las banderas.

• • • • • Los libros son lo mejor que se ha inventado para los que no aguantamos a la gente y sin embargo la necesitamos.

• • • • • Los niños tienen la cabeza llena de pájaros y los adultos de sus cadáveres.

• • • • • No me fue tan fácil encontrar el sonido adecuado. Tuve que besarla muchas veces para dejar bien afinados sus labios.

• • • • • Huye de las personas que no quieren meterse en líos, son absolutamente contagiosas.

• • • • • Hoy tampoco cometí ningún error. Otro día perdido.

• • • • • Si estás cayendo, recuerda que en el fondo del pozo siempre hay una lámpara maravillosa.

• • • • • No entiendo a los que presumen de raíces porque las raíces no se eligen, se eligen las alas.


martes, 30 de mayo de 2017

Ella


De cada cien mujeres en edad de manosearles el corazón sobre un lavabo
treinta huyeron ante la filoxera de mis palabras,
veinte ante la anorexia de mis pirámides,
quince por mi carencia de plomada,
doce por mis idiomas discontinuos,
diez por la polilla de mis muertos,
nueve por mi prosa de tristeza
y tres por mi piel de queroseno,
pero de tantos fracasos emergió
como un bello delfín de juguete
una mujer
que me hace alegrarme de todas
y a todas vuelve perfectas y necesarias:
Desde que ella me besa ya no me duelen las que no me besaron.
Desde que ella me ama ya no me duelen las que no me quisieron.


martes, 23 de mayo de 2017

Los indignados


Se distingue al indignado en que lleva las pupilas como mal encajadas en los ojos. Y los ojos como mal encajados en la cara.

El indignado escribe en la pizarra con tiza azul: la Tierra precede a la geología y el hombre a la democracia.

El indignado sueña en el verso de los incisivos pero actúa en la prosa de las muelas.

La cabeza del indignado va hinchándose cada semana al ritmo que marcan los agentes de policía.

La diferencia entre un indignado y un revolucionario no existe. En el cielo juegan a los siete errores. 

Un indignado no mata a los malos pero tampoco les llora si se mueren ellos solos.

Descubrí una vez a un indignado subido a una acacia. Con una pancarta: “Reniego de los humanos: solicito un pasaporte de pájaro”.

La garganta del indignado es enorme, parece un túnel cruzando otro túnel, nunca se termina de cruzarlo.

Los pulmones de los indignados llevan metralla de sobra para sus gritos de temporada.

Un indignado afirma como afirman todos los hombres. Pero basta que diga NO para que surja el Aconcagua.

Me encontré con los indignados de mi ciudad. Pasaron riendo cerca de mí. Ni siquiera me pegaron. No entiendo por qué. No podía dejar de pensarlo. Volví sobre mis pasos.

Me uní a ellos.



Doce formas comprobadas de suicidarse


Batania, mirada neorrabiosa, preocupado porque el tiempo transcurre como caracol de triple cilindrada y no hay poeta que se atreva a suicidarse, de tal forma que el último que lo hizo es alcanfor y moho de enciclopedia; no hallando mejor señal que ésta para comprobar la ramplonería y vuelo gallináceo de nuestra época, en que la vida es tan poco interesante que nadie piensa en quitársela; y profundamente inquieto ante la posibilidad de que la falta de práctica y conocimiento del suicidio impida a las nuevas generaciones de poetas ejecutar aquello que les elevaría inmediatamente a la gloria, ha confeccionado esta pequeña lista de suicidas para que el poeta con querencias pueda concluir un trabajo bello, eficaz y perfecto como un soneto sin estrambote.


1.VENENO. Utiliza arsénico, como Thomas Chatterton; estricnina, como Mario de Sá Carneiro, o cicuta, como Leopoldo Lugones. No suele fallar.

2. BARBITÚRICOS. Como Sara Teasdale, Jon Mirande, Florbela Espanca, Antonia Pozzi o Carlos Obregón. No se recomiendan sino tomados en grandes cantidades. Pavese, que se tomó dieciséis frascos de somníferos, o Alejandra Pizarnik, que se tragó cincuenta pastillas de Seconal, son los modelos que debes seguir.

3. BALA. Seguridad total. Así murieron Periclís Yanópulos, Vladimir Maiakovski, José María Arguedas o Jaime Torres Bodet. Lo mismo da dirigir el revólver hacia la boca, como hizo Heinrich von Kleist; hacia la sien, como Francisco López Merino o Wolf von Kalckreuth, o hacia el corazón, como murió Jacques Rigaut. Parece una exageración innecesaria lo de Antero de Quental, al que le dio tiempo a dispararse dos veces. También se recomienda la fina ejecución de José Asunción Silva, que, antes de apretar el gatillo, colocó una esponja al costado de su frac, para evitar que la sangre le manchara la pechera.

4. AGUA. Tírate al Mar del Plata, como Alfonsina Storni; al Océano Atlántico, como Hart Crane: al río Misissippi, como John Berryman, o al Sena, como Paul Celan. No te tires si sabes nadar: ese detalle se le escapó a Costas Cariotakis, que hubo de recurrir al revólver después de estar diez horas intentando ahogarse en el Mediterráneo. También se recomienda lanzarse cuando no haya gente a la vista en la cubierta del barco o en los pretiles de los puentes. Ganivet fue salvado la primera vez que se arrojó al río Duina, y hubo de aprovechar un descuido de sus salvadores para arrojarse por segunda vez y lograr el objetivo.

5. CUERDA. No suele fallar si te cuelgas con manos expertas, como las de Maria Tsvietáieva, Tor Johnson, Jens Bjorneboe o Sergei Esenin. Siempre le puedes añadir un detalle de estilo, como el de Gerard de Nerval, que se ahorcó de una farola con el sombrero puesto.

6. VACÍO. No falló con Beppe Salvia. Tampoco con Justo Alejo o con José Agustín Goytisolo, que se tiraron de un tercero, pero no se recomienda hacerlo desde esa altura porque corres el riesgo de quedarte solamente parapléjico. Si eliges esta opción, hazlo de un octavo para arriba.

7. GAS. De gran eficacia con René Crevel o con Sylvia Plath, a la que le dio tiempo de poner leche y galletas para sus hijos antes de meter la cabeza en el horno.

8. ANHÍDRIDO CARBÓNICO. Sólo funciona en espacios muy cerrados, como el garaje en el que se suicidó Anne Sexton. Si lo haces en un espacio abierto, conviene hacer lo de Alexis Traianós, que conectó su boca y el tubo de escape de su coche con una manguera.

9. RAÍLES. No te fallarán, como lo sabe Luis Hernández, que se arrojó a los del metro de Buenos Aires. Es cierto que fracasaron en primera instancia con Attila József, pero fue porque tuvo la peor suerte del mundo: el tren se detuvo porque otra persona se arrojó a las vías unos metros antes.

10. VENAS. No se recomienda porque no suele ser definitivo y cuando lo es se tarda mucho en morir. Que se lo cuenten a Fabrice Graveraux, que para alcanzar el objetivo hubo de huir sangrando de una multitud que le perseguía para salvarlo.

11. DESINFECTANTE. Así consiguió morir Vachel Lindsay, a falta de mejores remedios. No se recomienda, porque las porquerías que usamos para limpiar los suelos saben fatal.

12. VARIOS. La macedonia de recursos siempre resulta. Karoline Günderode se clavó un puñal y después se arrojó al mar; Peiv Yávorov tomó veneno y después se disparó en la cabeza; George Trakl falló en el disparo y murió por sobredosis de cocaína; José Antonio Sucre fracasó con el Veronal pero acertó tomándose a granel otros barbitúricos; Gabriel Ferrater se atiborró a frascos y por si acaso se ató una bolsa de plástico a la cabeza.


Se recomienda a los poetas que tomen nota y se animen a intentarlo. Cualquier tristeza en calderilla o depresión menchevique puede ser buena para tomar medidas urgentes. Todo sea para garantizarnos una inmortalidad que ya empezamos a dudar que se pueda conseguir con versos como los nuestros.



*Los datos para hacer este artículo festivo están extraídos de "Antología de poetas suicidas", José Luis Gallero, Ardora Ediciones, 2005, 349 págs


miércoles, 17 de mayo de 2017

El regreso de los mercaderes


En sus Conversaciones con Eckermann, Goethe se refiere a la Revolución Francesa, la independencia de los EEUU y el ascenso y caída de Napoleón como los grandes acontecimientos universales que marcaron su vida, mientras que Jünger, en sus diarios, piensa en el colonialismo, la Revolución Rusa, las guerras mundiales y la guerra fría como los hitos que marcaron la suya. ¡Qué tiempos de ascenso y orgía optimista! ¡Qué melancolía cuando los comparo con la anemia de los míos, que solo he vivido el fracaso del comunismo y el regreso al templo de los mercaderes!


martes, 16 de mayo de 2017

Y va y me dice


Y va y me dice
que basta mi energía
para romper los equilibrios.

(Para qué, me pregunto,
si no sé adónde dirigirla).

Y va y me dice
que uno solo de mis besos
le hace olvidar las ocho horas.

(Pero un beso pide otro,
y el segundo ya no es lo mismo).

Y va y me dice
que voy a ser el mejor
poeta político del mundo.

(En eso le doy la razón porque,
triste de mí, seré el único).

Y va y me dice:
todavía no te gusta Madrid,
pero a Madrid ya le gustas tú.

(Iratxe. Iratxe. Iratxe. Iratxe. Iratxe).


viernes, 12 de mayo de 2017

Nietzsche y el butanero


El problema de Nietzsche es que se dirige a tu majadero. El majadero es esa voz interior que nos dice que somos diferentes y por tanto superiores al resto. Obsérvese el salto. Sentirse diferente puede llevarte a la normalidad o a la marginación, a la vergüenza o a la rebeldía, pero solo tu majadero convierte esa diferencia en superioridad y desprecio al resto. Yo, te dices, tengo una sensibilidad que no encuentro en los demás. Soy un ser aparte. No soy rebaño. Toda esa gente de fuera no tiene nada que ver conmigo. Me repugnan. Ellos están ciegos y en cambio yo-me-doy-cuenta-de-las-cosas. El mejor alimento para tu majadero son los últimos libros de Nietzsche, donde este helenista adula a sus lectores haciéndoles creer que pertenecen a una minoría selectísima, la única que puede resistir “el aire fuerte” de sus escritos (cuando la realidad es que trabajó el aforismo, el panfleto y la anécdota autobiográfica, que son los modos más espectaculares de escritura, y era cuestión de tiempo que se convirtiera en el autor de masas que es hoy, el filósofo más pop de todos). Y tú te pones a leerlo y te dices: es verdad, siento lo mismo que este tío. Nietzsche y yo somos especiales. Nietzsche y yo somos almas gemelas. En este punto tu majadero ya está borracho y cubierto de ridículo porque al menos Nietzsche, aunque no lo considero para nada un sabio (el sabio que imagino aprende de todos, también de la gente común, mientras que Nietzsche la llamaba canaille), es uno de los grandes genios que ha dado la escritura, y hasta cuando dice majaderías cuenta con la atenuante de su genialidad. Pero que personas perfectamente corrientes, pues nada hay más corriente que sentirse distinto al resto, encuentren en sus diferencias la excusa para sentirse superiores y despreciativas con sus vecinos, tiene menos disculpa. Sucede que Nietzsche se dirige en este punto a una parte animal de nuestro cerebro que todos tenemos, sobre todo los solitarios y los egocéntricos, y no me parece casual que haya sido entre escritores y artistas donde ha obtenido mayor predicamento lo peor de su filosofía. Porque igual que Woody Allen decía que escuchando a Wagner le entraban ganas de invadir Polonia, yo afirmo que leyendo a Nietzsche te entran ganas de retirar el saludo al butanero.


lunes, 8 de mayo de 2017

Catorce centellas


• • • • • La poesía es soledad al ataque.

• • • • • Si notas deseos de cambiar a la gente, es que te ha llegado el momento de cambiar de gente.

• • • • • La diferencia es la libertad: a nosotros nos queda pequeña y a vosotros grande.

• • • • • Poeta es quien hace un árbol de la leña caída.

• • • • • Me suelo poner a escribir solo por irme enterando de lo que pienso.

• • • • • Nada está destinado a perdurar; solo permanecen las estrellas y la rebeldía.

• • • • • Soy una persona con las dudas muy claras.

• • • • • ¿Tiene esta ciudad tres millones de habitantes o más bien tiene el mismo habitante tres millones de veces?

• • • • • Escribir es disciplinar la locura.

• • • • • Quien no sepa de sótanos que no me hable de balcones.

• • • • • Lo único que me molesta del viento es que agite las banderas.

• • • • • Cuando me río de mí, me duelo menos.

• • • • • Lo uniforme mata la curiosidad. Tiene que haber una nube para que te fijes en el cielo.

• • • • • Si te permite perderte, es un buen camino.


miércoles, 3 de mayo de 2017

A los veinticinco años


La gente de Madrid se mata a los veinticinco años.

La gente de Madrid nace
blanca y crece en rojo,
pero se mata a los veinticinco años.

La gente pinta y sueña
cometas y bufandas,
pero se mata a los veinticinco años.

Se abre en la cuna
y ríe adolescente,
pero se mata a los veinticinco años.

Se cuelga en la soga de la hipoteca.
A los veinticinco años.
Se tira del séptimo del matrimonio.
A los veinticinco años.
Se toma el veneno de los hijos.
A los veinticinco años.
Se pega el tiro de las ocho horas.
A los veinticinco años.

Aquí siempre trabaja el mismo marmolista:
Raquel Merino: muerta a los veinticinco años.
Aurelio Guerrero: muerto a los veinticinco años.
José Carvajal, Julián Gómez, Rosa Cañas,
tus amigos no te olvidan: muertos
a los veinticinco años.

¡Si hubieran salvado a su héroe!
¡Si hubieran vivido a contramuerte!
¡Si hubieran sembrado claveles con alas
o lunes trepando por los trapecios!

A los veinticinco años.
La gente de Madrid se mata a los veinticinco años.
Fallecida de muerte natural
a los veinticinco años.


lunes, 1 de mayo de 2017

Catálogo de gilipoetas


Batania, verruga neorrabiosa, reunido ante los altos tribunales de sí mismo, confesados sus atajos para hacerse Píndaro en una noche, y profundamente arrepentido de sus audacias, se ha impuesto como penitencia este Catálogo de gilipoetas, donde detallará sus mentiras y las de sus maestros. Por tanto, asida la péñola de la verdad, define y acusa a los siguientes poetas:


1. El que anuncia que la posteridad le hará justicia y exhibe como estampitas a Lautréamont y Van Gogh, genios muertos en el anonimato, sólo para que notemos analogías con su autor favorito, que es él mismo, y habla de venganzas póstumas y generaciones reparadoras, sólo porque el martes cumplió 93 años y no ha conseguido publicar nada más que un poema, y fue en coedición con el alcalde de su pueblo, GILIPOETA DE SIGLO TREINTA Y TRES O CUARTO MILENIO.

2. El que denuncia los tongos de los premios literarios, sólo porque no está bien colocado para meter allí su pituitaria, y ataca al Adorión y al Hipenais y a los Juegos Florales de segundo de BUP, todo porque no se le mete en la cabeza que, para ganar un concurso, quizá deba asombrarnos a todos y escribir un verso decente, GILIPOETA DE TRES ENCHUFES Y CINCUENTA WATIOS.

3. El que denuncia por pedestres a los poetas sociales, bukowskianos o de la experiencia, sólo porque él ha nacido en Serrano y siempre tuvo paga doble los domingos, y considera que escribir la palabra zanahoria o la palabra tenedor es ramplón y chabacano, todo porque él sólo escribe de cantárida para arriba, y piensa que la leche se hace en Carrefour y las ovejas las fabrican en serie los de la General Motors, GILIPOETA PIRRIMPLÍN Y DE PARIS HILTON.

4. El que para corregir al gilipoeta anterior denuncia a los poetas puros y se erige en mandamás de la sencillez y del vocabulario raso, sólo porque no quiere comprarse un diccionario y quedarse una tarde a leer un libro, y mueve su mandíbula contra los maricones y jardineros, entre los que incluye a toda la poesía universal, sólo porque lo que de verdad le mueve es la prosa y aún no se ha dado cuenta, GILIPOETA MAZORRAL Y CABRA DE LA LEGIÓN.

5. El que ataca a Gamoneda y a Gonzalo Rojas, a Benedetti y a Nicanor Parra, a Gioconda Belli y a Aridjis, a Gimferrer y a Idea Vilariño, y también a Gelman y Olvido García Valdés, de tal forma que le disgusta todo lo que levanta un palmo del suelo, sólo porque sufre alergia a la excelencia y padece atracones de envidia cochina, y en cambio le gusta menudear entre minivates y analfabetos de cinco tenedores, todo para abusar de su pretendida genialidad, y hasta se opone a las acacias de las aceras, porque le dan mucha sombra, GILIPOETA TIÑOSO y CABEZA DE RATÓN.

6. El que siempre está escribiendo el poemario del siglo, y ya han pasado cinco años y no ha enseñado ni la uña de un verso, y aún se escuda en que Virgilio tardó más en escribir la Eneida, sólo por darse el pisto de profesional y riguroso, GILIPOETA DE LARGO PLAZO AL 9% DE INTERÉS.

7. El que siempre está amenazando con el suicidio y ha intentado matarse muchas veces, tantas que va por la número setenta, todas fallidas por mala suerte, a causa de que sacó un notable en el tercer parcial de geografía, donde él solía sacar sobresaliente, o porque su tía le obligó a ponerse aquel jueves unos calcetines amarillos, a él que no puede sufrirlos, y detalla compungido que no ha podido superar aquello, por más que ya hayan pasado treinta y cinco años, GILIPOETA DE TÍRATE DE UNA VEZ Y DÉJAME EN PAZ.

8. El que se pinta el pelo de verde y mañana de amarillo, y luego de azul y más tarde de rojo, sólo para que veamos la genialidad que se nos escapa en sus poemas, y te cuenta historias asombrosas que le pondrían a la altura de Leónidas, si no fuera porque nunca hay testigos de sus hechos, pues es la única fuente de sus hazañas, GILIPOETA DE CIEN CAÑOÑES POR BANDA Y A TODA VELA. 

9. El que escribe sus poemas a lo claro, y una vez acabados los oscurece, sin duda para aparentar una profundidad que no tiene, y afila el pico para hablar de otreidades, estéticas del vacío y la fuerza del silencio, sólo porque una vez fue concreto y le llamaron asno, GILIPOETA DEL MINOTAURO Y SIN FAROS ANTINIEBLA.

10. El que denuncia a los poetas que dedican todo su tiempo a la poesía, y les acusa de profesionales y de violadores de las musas, y con acento grave señala que la inspiración sólo se concede a quien no la pide, todo porque él sólo puede escribir el sábado y el domingo, pues el resto de la semana trabaja de sirviente para Telefónica, GILIPOETA DE MENOS ES MÁS TONTO.

11. El que lee como cinco bibliotecarios, sin preocuparse de hacerlo despacio, y gusta de atacar a todas las bases sociales, familiares y territoriales, que son las mismas que le permiten su dedicación a la poesía, y aún así lo único que ha conseguido hasta ahora es que le llamen honrado, y de tal manera que no sabe si es insulto o elogio, GILIPOETA BATÁNICO O NEORRABIOSO.

12. El que piensa que la poesía es decir cosas lindas y correctas, y lamenta la vanidad de algunos autores, sólo porque piensa que el mundo es Carolina en las montañas, y aún te dice que los grandes logros vienen siempre del trabajo, la bondad y la justicia, y da por hecho que los grandes vates fueron santos, todo porque no ha leído sus biografías, que si las leyera hasta Atila le parecería un niño de San Ildefonso, GILIPOETA DE AGUA BENDITA Y PRIMERA COMUNIÓN.

13. El que frecuenta a poetas célebres y se hace fotografías con ellos, y piensa que la literatura es un coctail, y cree que así adelanta en la diadema de Apolo, y aún te dice que es amigo de tal y de cual, como si no fuera público que nunca hubo amistad entre dos poetas, salvo las veces que se unen para atacar a un tercero, GILIPOETA DE AYER ESTUVE CON MENGANO.

14. El que afirma que poetas como Poe, Verlaine o Ginsberg deben su estro a las drogas, y para ello ha pasado sucesivamente por el vino, la cerveza, el whisky, el vodka, el hachís, el LSD y la cocaína, para lo cual ha tenido que vender las joyas de su madre, aparte de la temporada que pasó en una clínica de desintoxicación, y aún sospecha que sus versos no mejoran porque no acierta con la sustancia adecuada, como si fuera tan fácil hacer un caballo andaluz de un burro manchego, GILIPOETA SUSTANCIOSO Y CAMELLERO.

15. El que asegura que el intríngulis de los grandes poetas fue su vida desgraciada, y se lamenta de haber nacido en La Moraleja, y a veces pierde los nervios contra sus padres, a los que acusa de haberle mimado a caviar, colegios de pago y niquis de cocodrilo, pues piensa sin duda que le han arruinado el talento que de todas formas no tenía, GILIPOETA DE VETE A MAMARLA.


sábado, 29 de abril de 2017

La muerte


Por tanto,
la locura sabe mi nombre
y los féretros fueron calumniados:
la muerte es un retiro,
la muerte es una gárgola,
la muerte es la alfombra y turba necesaria,
pero yo
entonces
pregunto
por qué al primer disparo me saltaron los dientes
de leche,
por qué mi padre está muerto
y a salvo
y siento míos sus gusanos,
por qué me siguen comiendo,
día a día,
cada minuto,
por qué esta noche
los trenes huyen como leopardos,
no os entiendo,
la gente se muere
y no os atrevéis a cortar las calles,
no quemáis los contenedores,
no lanzáis piedras contra ellos,
no escapáis de los antidisturbios,
os odio, me dais asco,
quisiera meteros un cactus de carbón
en lo más hondo de la boca
y que ardierais en la misma pira
con vuestras malditas biblias de cobardes,
queréis acostumbrarme a la muerte
pero la muerte
no es ninguna maestra,
no es ningún telescopio,
la muerte no es un atlas,
no da sabiduría,
la muerte no da nada
más que miedo
silencio
soledad
y rabia.


martes, 25 de abril de 2017

El niño que lloró más alto que el ruido de los aviones y las bombas de Franco


–¡Alberto! ¡Teníamos miedo! ¡Ochenta aviones de Franco bombardeaban Vizcaya todos los días! ¡Miedo! ¿Tú sabes lo que es el miedo?
–Pero tía, una cosa es el miedo y otra muy diferente que os olvidéis del paradero de un niño casi bebé que además es vuestro hermano pequeño.
–¡Qué nos íbamos a acordar, si lo único que pensábamos era en salvar nuestro pellejo!

Cada tres o cuatro años manteníamos en Lauros la misma discusión que empezaba con asombro y reproches y acababa entre el jolgorio general de los participantes, cuando mis tías detallaban entre risas lo alto que lloró mi padre para salvarse, "más alto que el ruido de las bombas y aviones de Franco", en los sucesos que estuvieron a punto de acabar con su vida cuando era un niño de apenas un año. Sucedió en 1937, durante la Guerra Civil, cuando el Cinturón de hierro, fortaleza defensiva que pasaba por Lauros, estaba a punto de romperse por el empuje de las tropas franquistas. La fachada de Astobieta ya había sido ametrallada por la aviación; y meses después habría una batalla de bombas de mano en la misma campa donde vi a mi padre lanzar su primera piña cuarenta y cinco años más tarde. Pero antes del desastre llegaron gudaris a Astobieta con órdenes terminantes: el caserío debía ser abandonado de inmediato.

–Pero tía, ¡todo el mundo se fija en el más débil, hasta cuando se hunde un barco los niños son los primeros a quienes se salva!
–¡Alberto! ¿Sabes que mientras huíamos vimos con nuestros propios ojos cómo caía una bomba y destrozaba un caserío de Umbe? ¡Con nuestros propios ojos! ¿Sabes el ruido que hace una bomba? ¿Sabes lo que es mearse en las bragas? ¿Te ríes? ¡Lo que te estoy diciendo es cierto! ¡Nos meábamos en las bragas! ¡Pensábamos que de ahí no salíamos! ¿Crees que estábamos preocupadas por otra cosa que nuestras vidas?

Sucedió que mis abuelos, horas después de ser conminados por los gudaris, uncieron los bueyes al carro, cargaron de improviso los utensilios más importantes y tomaron dirección a Lejona, donde se les iba a buscar acomodo provisional. Pero después de caminar durante cuatro horas en medio de los bombardeos intermitentes de la aviación franquista y alcanzar el lugar esperado, se dieron cuenta de que no estaban todos: el niño más pequeño, el que había sido colocado dentro del carro mientras dormía, había desaparecido. Ese niño era mi padre.

–Alberto, cómo vamos a enterarnos si tu padre no dijo nada cuando se cayó del carro. Ni siquiera lloró.
–No, si al final va a tener la culpa él.
–¡Pues menos mal que se puso a llorar después, pues nuestro difunto padre nos contó más de cien veces que no lo encontraba y ya pensaba en darse la vuelta!

Mi padre se cayó del carro a la altura de la escuela vieja, a sólo doscientos metros de Astobieta, y de las once personas que iban acompañando el carro, entre mis abuelos, mis bisabuelos y mis siete tíos, ninguna se percató de la falta del niño hasta cuatro horas después, cuando ya habían alcanzado Lejona.

–No tenéis perdón de Dios. Cuatro horas, tía, ¡cuatro horas! ¡Qué vergüenza!
–¡Y otras cuatro que tardó el difunto padre en encontrarlo! Ay, Alberto, si me hubiera caído yo me habría pasado lo mismo. Tú no sabes lo poco que valía la vida de una persona entonces. Como la de una vaca, fíjate lo que te digo. ¿Qué una vaca? ¡Menos que una vaca!

A veces pienso en aquel capítulo y se me quedan los ojos blancos. Lo veo. Esta ahí. Hay un niño de doce meses abandonado al borde de un camino mientras la aviación franquista deja caer alguna bomba, pssssiiiiiiiuuuuuuu, boum, pssssiiiiiiiuuuuuuu, boum. Pasa una hora, dos horas, tres horas, y el niño sigue allí, llorando, pssssiiiiiiiuuuuuuu, boum, pssssiiiiiiiuuuuuuu, boum. Cuatro horas. Cinco. Seis. El tiempo transcurre y todo comienza a ponerse en riesgo: ese niño ya no va a crecer, no va a recoger argoma, no presumirá de que le llamaban Puskas, no se casará con una burgalesa, no beberá, no fumará, no lanzará piñas como un jugador de béisbol, no atacará los consensos establecidos, no tendrá hijos, ningún hijo, yo mismo no existiré, no podré escribir este libro...

Seis horas y media. Siete horas. De pronto llega la hora octava y mi abuelo, que ha vuelto en burro desde Leioa y está a punto de cejar en su empeño, escucha el llanto de un niño entre los sonidos de los aviones y las bombas. Cae entonces la pieza y el dominó se sucede: el niño crece, recoge argoma, se hace albañil, ordeña vacas, se casa con una burgalesa, tiene cuatro hijos, destroza el nosotros hasta hacerse enemigo, bebe, fuma, contrae un cáncer de pulmón, va a parar a un nicho del cementerio de Loiu y justo entonces, cuando al fin se ha hecho el silencio y parece acabada la historia, su hijo varón contrata una Fiat Iveco, viaja a Madrid y se pone a escribir esto, lo que ahora lees, el homenaje al niño que salvó la vida llorando más fuerte que las bombas de Franco.


jueves, 20 de abril de 2017

Tintín en el Congo


Un estudiante congoleño ha puesto una demanda contra la editorial Moulinsart para que retire de las librerías belgas el libro de cómic Tintín en el Congo. Aduce que el libro es racista y tiene razón. Como la iniciativa me parece buena, me he animado a hacer una lista con otras obras que en mi humilde opinión también deberían ser retiradas. Ahí va:

La Ilíada y La Odisea, por exaltación de la guerra y la mentira.
La República, de Platón, por totalitaria.
La Biblia, al menos Levítico y Apocalipsis de San Juan.
El Príncipe, de Maquiavelo, por maquiavélico.
El mercader de Venecia, de Shakespeare, por antisemita.
–Quevedo, de la A a la Z, y él sabrá por qué.
Tarzán, de Burroughs, por racista.
–Todo Kipling, por imperialista.
Juventud, egolatría, de Baroja, por menosprecio a los sudamericanos.
–Gilles, de Drieu La Rochelle, por fascista.
–Varios poemas de Alberti, Neruda, Vallejo y Miguel Hernández, por estalinistas.
Cien años de soledad, por invitación al bestialismo.
–Bukowski completo, por machista.

Es sólo un botón. He encontrado limpios de polvo y paja El Principito, Los Hollister y La cocina de Karlos Arguiñano. Tampoco he visto nada raro en la obra de Corín Tellado y Paulo Coelho.


lunes, 17 de abril de 2017

Los pelícanos


Adónde pelícanos ibas con una mujer girasola
que tenía portaaviones de pájaros en la cabeza,
tú que te acercas sin centímetro ni ascensores
a las verjas electrificadas de los cuarenta años,

tú que sigues cultivando en macetas diagonales
los mismos nilos y las mismas calas enfermas,
adónde pelícanos ibas, qué pasó por tu cráneo
de afónica cilindrada e ignorancia sin lagunas,

cuántos errores de cepa tierna y globo de helio
crearás de nuevo y de nuevo lucirás orgulloso,
cuántas veces caerás y recaerás en tus jaguares
de glucosa adolescente, cuántos crisantemos

llevarás al nicho de los amores descuartizados
si no rectificas, si no abandonas para siempre
a los pelícanos y no metes, dejas ya de meter
tus torpes dedos en los interruptores del viento.


miércoles, 12 de abril de 2017

Catorce centellas


• • • • • Lo mío es equivocarme con toda la razón del mundo.

• • • • • Lo que se parecen libertad y soledad. Si es que no son lo mismo.

• • • • • Soy de certezas movedizas y dudas implacables.

• • • • • Escribir es disciplinar la locura.

• • • • • Si no fuera por la muerte los hay que no sabrían que han vivido.

• • • • • Una sociedad que se cree las mentiras hace que la verdad se vuelva increíble.

• • • • • Cada libro leído es un metro de tierra que tu cerebro le gana al mar.

• • • • • Si la vida es un teatro, no entiendo por qué en el mío todos los papeles los tengo que hacer yo.

• • • • • La diferencia es la libertad: a nosotros nos queda pequeña y a vosotros grande.

• • • • • Para crear lazos no hace falta crear cadenas.

• • • • • Los adjetivos son el marisco de la literatura.

• • • • • Resignarse es dar los primeros hachazos al nogal de tu propio ataúd.

• • • • • Te imponen su patria porque tienen miedo de que formes la tuya.

• • • • • Si notas deseos de cambiar a la gente, es que te ha llegado el momento de cambiar de gente.


domingo, 9 de abril de 2017

A nadie le importa tu nadie


Aquí el poeta: luego diréis
contra el verso. Pero quién dice:
nadie dijo nada, nadie nunca
habló de nosotros, aquí
nadie habló de poetas
salvo después de muertos
o ahorcados por la cintura,
salvo la vez que lanzaron
la moneda y salió perro,
aquí nadie habló de nosotros,
nos sentimos perseguidos
por volutas de humo,
por el nilo y enjambre
de nosotros mismos, aquí
nadie persigue a nadie
salvo el tornado de tu mente
cuatrilliza, salvo tu fígaro
y teclado de neutrones,
aquí nadie nunca te dice nada,
aquí nadie nunca te persigue,
a nadie le importa un poeta,
a nadie le importa un poema,
a nadie le importa tu nadie.


viernes, 7 de abril de 2017

Vacas


Hablando de vacas, me molesta que el DRAE solucione la entrada de este animal definiéndolo como “hembra del toro” y haya que acudir al toro para saber de qué estamos hablando. Esto es tan escandaloso como si buscáramos a Montserrat Caballé en Wikipedia y apareciera “esposa de Bernabé Martí”. El prestigio y la importancia de algunos animales en su versión hembra es mayor que en la versión macho, y el toro, por más fiesta nacional que tenga, no llega ni a las ubres de la vaca, aunque los académicos no lo sepan. Lo mismo ocurre con la oveja, en el DRAE “hembra del carnero”. No tengo nada en contra del carnero, pero..., ¿quién coño conoce a ese señor?


miércoles, 5 de abril de 2017

Treinta grados bajo cero


El Rey y ETA estaban unidos, los herribatecos y los peneuvistas eran lo mismo, Fraga y Felipe lo mismo: aquellos aldeanos no tenían duda de que el poder político era una mera coraza al servicio de las alimañas empresariales de Neguri. Se comprende que al llegar el 29 de septiembre, fecha de San Miguel, fiestas patronales de Lauros, con toda la familia reunida en número de hasta veinticinco en mi caserío Astobieta, nunca se discutiera a la hora de los postres sobre política vasca o nacional, porque no hace falta discutir donde todos están de acuerdo. Pero otra cosa muy diferente era la política internacional. En política internacional se sostenían discusiones apasionadas con argumentos diversos y hasta golpes en la mesa. Se hablaba de la Thatcher y de Fidel Castro, del hambre de África y de los japoneses, pero el asunto estrella era la rivalidad entre estadounidenses y soviéticos, esto es: los americanos y los rusos.

–El americano –se escuchaba– es cosa grande. Este caserío, por ejemplo, con su hectárea y pico de terreno y su docena de vacas, es un caserío elegante, no digo que no, pero…, ¿qué es para un americano? El americano viene aquí y se echa a reír.

El que hablaba así era mi tío Txomin, que se fue a América en los años sesenta y había vuelto hipnotizado, al punto de que nadie entendía su regreso. Mi tío no trabajó en USA sino en Canadá, pero consideraba que la cercanía le daba derecho a hablar a todas horas de Kissinger, Nixon o Kennedy, a los que tenía por superhombres a cuyo lado políticos como Arzalluz o Alfonso Guerra le parecían “mamarrachos”. Para mi tío Euskadi era una caja de cerillas y España un botijo con faralaes: discutir sobre si éramos vascos o también españoles le parecía hacer el ridículo. Lo único digno era ser americano.

–El americano –continuaba–, si quiere poner una vaquería, compra cinco mil vacas. Menos no compra. Si quiere dedicarse a la siembra de la patata, compra un terreno de aquí a Guernica, porque con Lauros no tiene ni para empezar. En América hay patatales más grandes que toda Vizcaya.

–¿Toda Vizcaya? –se asombraba alguno de mis primos que, como yo, nunca habían salido del Txorierri.

–Más grande. Si vas por California en coche y con el depósito lleno, te juego una cena a que se te acaba la gasolina antes que el campo de patatas. Aquello es la órdiga. Ni una casa, ni una pensión, ni un alma. Sólo patatas. Kilómetros y kilómetros de patatas. Un aldeano americano, él solo, cosecha tantas patatas como para alimentar Bilbao y Baracaldo durante un año.

Aquellas comparaciones numéricas provocaban nuevas controversias, pues todos comenzaban a discutir el número de kilómetros que se pueden hacer en coche con el depósito lleno, o el número de patatas que comen los bilbaínos y los baracaldeses en un año. Algunos hasta pedían papel y bolígrafo para hacer las cuentas exactas. Eran sorprendentes los conocimientos de mi tío Txomin sobre California, él que había trabajado en Canadá. Solía ser por entonces, a esa altura de conversación internacional, cuando surgía una voz entre solemne y avisadora:

–Mucho cuidado con el ruso.

Quien hablaba ahora era la otra cara del folio, el rusófilo de la familia, mi tío Dámaso. Aquel tío no había salido nunca de Lauros, pero poseía una oratoria instintiva y eficacísima que le daba un gran ascendiente en las polémicas sobre alta política. El tío Dámaso alternaba ritmos lentos y silencios prolongados con mímicas varias, frases frenéticas y puñetazos en la mesa. Nadie sabía por qué se había hecho rusófilo.

–Al ruso –comenzaba–, según tengo entendido, nada más nacer lo tiran a una bañera de agua… ¡a treinta grados bajo cero!

Y mientras decía eso, con los brazos en alto, fingía que soltaba un niño desde una altura por encima de su cabeza, de tal forma que yo no sabía qué era más peligroso para el bebé ruso, si el agua a treinta grados bajo cero o el castañazo que se iba a pegar si lo dejaban caer desde tan alto.

–¿Treinta grados bajo cero? ¿Un bebé? ¿Y no se mueren? –se atrevía a decir alguna de mis tías.

–¡Claro que se mueren! –contestaba mi tío como una galerna–. ¡Se mueren a punta pala! Pero un ruso menos…, ¡allá cuidaos! ¡Hay rusos a patadas!

Sostenía mi tío que los rusos que superaban la prueba de la bañera se convertían en hombres inmunes a todo tipo de peligros, radiaciones atómicas incluidas. Esto último siguió repitiéndolo como cosa sabida hasta el accidente nuclear de Chernòbil; a partir de ahí reculó un poco. Tenía una visión muy particular de la Segunda Guerra Mundial:

–Hitler pensaba llegar a Moscú en diez días, pero no conocía al ruso… A la hora de la verdad…, ¡adiós Hitler! ¡Cada soldado alemán tenía cinco rusos metidos dentro del zapato! ¡Mecagüen sos! ¡Cinco rusos en cada zapato!

Y al decir esto se miraba en el zapato y movía el pie como si lo tuviera lleno de escorpiones, con tal apariencia de veracidad que todos los que ocupaban la mesa contenían la respiración y yo mismo sentía cosquilleos desagradables en mis playeras, repletas de rusos feroces por obra de aquel contador magnífico.

Tenía entonces cinco o seis años y no se me permitía abrir la boca en las conversaciones políticas de los mayores, prohibición que no me levantaron hasta los catorce. Ahora que lo escribo me río mucho, pero a esa edad aquellas polémicas me dejaban verdaderos surcos en la cabeza.

Recuerdo una pesadilla que se me repetía por entonces. Me hallaba en medio de un inmenso campo de patatas. No de trigo o de cebada o de maíz, no: de patatas. Caminaba y caminaba buscando una salida, pero se iban sucediendo los días y los meses y nunca conseguía salir. Mi angustia iba creciendo tanto que, al final, me echaba en el suelo y me ponía a llorar, porque entendía que la salida era imposible: me figuraba que el planeta Tierra al completo era un campo de patatas.

Recuerdo otra. Yo era campeón mundial de boxeo. Había retenido el título infinidad de veces. Los negros más grandes y más fuertes habían probado la dureza de mis puños. Me encontraba en el ring, y mi rival era un fideo escuchimizado con el que no tenía ni para empezar. De pronto, sin embargo, el presentador anunció que mi contendiente, Igor Gudianov, había nacido en San Petersburgo, momento en que se me mudaba el semblante y salía huyendo del ring. No se me apartaba de la cabeza, mientras corría muerto de miedo, la maldita bañera de los treinta grados bajo cero por la que habían pasado todos los rusos. Aquella prueba infernal que, según me detalló mi tío Dámaso en una confidencia, “sólo superaba uno de cada tres niños”.


jueves, 30 de marzo de 2017

Los límites


La amo cuando está
demasiado lejos
o demasiado cerca;
las distancias medias
solo sirven para amores a medias
y nosotros amamos al límite:
aquí se juega a trueno
o se juega a nada.


miércoles, 29 de marzo de 2017

Quince centellas


• • • • • Para ibuprofeno la risa.

• • • • • El ser humano es el peor meteorito que ha impactado contra el planeta Tierra.

• • • • • A mí también me costó darme cuenta de que los muros que veía crecer a mi lado los estaba levantando yo.

• • • • • Le llaman madurez al tiempo que transcurre desde que terminas de vivir hasta que te llega la muerte.

• • • • • La noche la dedico a dormir, que para soñar ya tengo el día.

• • • • • Por cada día de sociedad necesito cien de soledad.

• • • • • No entiendo los naufragios de quienes no se subieron al barco.

• • • • • Escuchar es de valientes.

• • • • • Si todos fuimos niños geniales y adolescentes con talento, ¿por qué de adultos ya somos como todo el mundo?

• • • • • En la escuela no me dieron instrucción, me dieron instrucciones.

• • • • • Para cuando terminé las primeras diez líneas el silencio ya había escrito tres folios.

• • • • • Un beso bien dado, por más que lo limpies, no se te quita nunca.

• • • • • Cada definición que aceptas es un eslabón añadido a tu cadena de preso.

• • • • • Que alguien escriba demasiado bien me parece la primera sospecha de su falta de salud.

• • • • • La diferencia entre decir una cosa y ponerla por escrito es la misma que existe entre tirar una piedra y lanzar un boomerang.